Cinco años.Mil ochocientos veinticinco días desde que el sonido de la lluvia en Escocia se convirtió en el metrónomo de mi nueva vida.Si alguien me hubiera dicho a los quince años que terminaría viviendo en un ático en París, hablando tres idiomas y siendo capaz de leer un contrato de adquisición hostil con la misma facilidad con la que antes leía novelas románticas, me habría reído. Pero la risa es algo que he ido perdiendo por el camino, como quien pierde monedas a través de un bolsillo roto.Julian Cavendish cumplió su promesa. No me dio una vida fácil, me dio una vida útil.—Estás distraída —su voz, siempre tan puntual como un verdugo, me sacó de mis pensamientos.Estábamos en la terraza del Hotel Ritz, en París. Frente a nosotros, un hombre de negocios alemán, Hans Müller, sudaba profusamente mientras intentaba explicar por qué su empresa de logística no podía cumplir con los pagos a Phoenix Capital.Yo no lo miraba a él. Miraba mis propias uñas, perfectamente pulidas en un ton
Leer más