Eva estaba sola en casa cuando el timbre sonó. Tenía una taza de té entre las manos y el celular sobre la mesa, esperando un mensaje de la madre de Hernán. Los mellizos estaban con sus abuelos paternos desde hacía unas horas. Habían ido a pasar la tarde a un parque de diversiones pequeño en las afueras, de esos con juegos antiguos, algodones de azúcar y bancos bajo los árboles donde los abuelos podían sentarse mientras los niños corrían un poco. Eva había aceptado porque los niños necesitaban aire. Necesitaban un día sin juzgados, sin colegios tensos, sin su padre apareciendo de golpe, sin adultos hablando bajo en las esquinas. También porque, a pesar de todo, los padres de Hernán querían a los mellizos. Nunca habían sido perfectos. Nunca habían enfrentado a su hijo como deberían. Pero con María y Lucas eran dulces, presentes, torpes a veces, pero sinceros. El timbre volvió a sonar. Eva dejó la taza sobre la mesa. No esperaba a nadie. Caminó hasta la entrada con el cuerpo ya a
Leer más