Alessia Vittoria BelleroseNunca imaginé que el dolor pudiera traer tanta luz. Siempre pensé que el dolor era una puerta oscura. Una habitación cerrada. Un pasillo húmedo en el que una voz conocida se convertía en traición. Durante mucho tiempo, mi cuerpo aprendió a asociar el dolor con pérdida, con miedo, con manos que me sujetaban cuando yo quería escapar.Pero aquella madrugada, cuando el primer dolor real me atravesó el vientre y me dejó sin aire, no pensé en Amara, ni en Isadora, ni en la habitación azul, ni en el sanatorio, ni en todo lo que casi me arrebató la vida antes de que pudiera aprender a vivirla.Pensé en Dante. En su mano sosteniendo la mía. En su rostro pálido, casi furioso, inclinado sobre mí como si quisiera pelear contra mi propio cuerpo por hacerme sufrir.—Respira, Alessia —me dijo.Su voz llegó clara. Profunda. Mía. La reconocí desde la primera sílaba.Y eso, incluso entre contracciones, sudor, lágrimas y el miedo salvaje de no saber si estaba preparada para tr
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