Isabela Rivas era más pequeña de lo que Clara recordaba.No en altura. En presencia. En ese espacio invisible que una persona ocupa en una habitación y que durante meses había sido tan grande en la memoria de todos que Clara había empezado a imaginarla en proporciones que ningún cuerpo real podía sostener. Isabela había sido sombra, perfume, letra en el sobre, foto en la consola, nombre capaz de cambiar la temperatura de una conversación. Había sido la novia original, la elegida, la mujer que debía estar en ese lugar. Había sido todo eso sin cuerpo, sin peso, sin la imperfección inevitable de ser real.Pero antes de ser todo eso, había sido su hermana.Ese pensamiento llegó tarde, como si Clara hubiera necesitado verla respirar para recordar que Isabela no era solo una ausencia que la había condenado ni una rival que regresaba a reclamar lo suyo. Era la niña que una vez había dormido en la cama de al lado durante una tormenta, la que le había enseñado a esconder galletas en una caja de
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