VICTORIA.Me pongo de pie de golpe, apartándome de la mesa de Dimitri. Siento que el aire me falta; mi respiración es un silbido corto, errático, que me quema los pulmones. Me paso las manos por la cara, desesperada, tratando de procesar el impacto de una verdad que me está partiendo el cerebro en dos. Siento cómo la palidez de mi rostro desaparece, reemplazada por una mancha roja de pura rabia que me sube por el cuello y me enciende la piel.—Esa basura se quedó con cada maldito rublo de mis ahorros —suelto, y mi voz suena ronca, rasposa, cargada de un odio que jamás pensé capaz de sentir—. No fueron solo mis ahorros, Maximiliano... Fue mi trabajo diario. Cada maldito peso que recibía de mi esfuerzo, cada jornada, todo lo iba a dejar allá. Me hicieron sentir una mujer defectuosa, inservible, una poca mujer.Maximiliano permanece inmóvil, sentado en el borde del escritorio, observándome con esos ojos que lo registran todo. Noto cómo la furia le tensa la mandíbula y le aprieta el pecho
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