CUENTA REGRESIVA.
VICTORIA.
Me pongo de pie de golpe, apartándome de la mesa de Dimitri. Siento que el aire me falta; mi respiración es un silbido corto, errático, que me quema los pulmones. Me paso las manos por la cara, desesperada, tratando de procesar el impacto de una verdad que me está partiendo el cerebro en dos. Siento cómo la palidez de mi rostro desaparece, reemplazada por una mancha roja de pura rabia que me sube por el cuello y me enciende la piel.
—Esa basura se quedó con cada maldito rublo de mis a