Hay hombres que llegan a tu vida para construirte.Y otros que llegan, simplemente, para romperte la calma.El 19 no fue un romance. Fue una emboscada.Era cierre de año. La oficina respiraba una presión sofocante: números, metas, la urgencia constante del reloj. Todo el mundo corría… y yo, en medio del torbellino, corría con ellos.Mi jefe, un hombre brillante para supervisar pero torpe en la ejecución, recibió un caso que bajo ninguna circunstancia se podía fallar: un cliente VIP. Amigo directo del gerente general. Un intocable.—Acompáñame, Pau —me dijo, secándose el sudor de la frente—. Si ves que cometo un error, interrumpe. Este negocio no se puede caer.Llegamos al consulado. El lugar imponía por sí solo: techos altos, frío institucional, un silencio cargado de burocracia.Pero él… él no necesitaba la arquitectura. Él dominaba el espacio.Era embajador de un país que pocos mencionan, pero que pesa con fuerza en cualquier conversación geopolítica importante. No necesitaba alzar
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