Alana.El pánico me paraliza las manos contra el auricular. Maldición, maldición, maldición… Calma, Alana. Concéntrate. No te precipites.Me dejo caer en el borde de la cama; las piernas me tiemblan tanto que, si me quedo de pie, siento que me voy a desplomar en el suelo.—¿De qué hablas, mamá? —contesto muy apenas, obligando a mis cuerdas vocales a no temblar—. No te estoy mintiendo...—Llamé a la directora, Alana —su tono de voz me corta el aire. No está molesta, pero tampoco suena contenta; su voz arrastra una decepción tan pesada que me cala hasta los huesos—. Quería darle las gracias por lo bien que te tratan y preguntarle por tus notas de las pasantías, pero me dijo que te despidieron de la escuela hace semanas. ¿Por qué me ocultas las cosas? ¿De dónde estás sacando tanto dinero?Me quedo en completo silencio, con la boca abierta y el pulso desbocado. Las palabras me rebotan en la cabeza en un eco ensordecedor. Llamó. Lo que significa que tiene detalles. Detalles que, bajo ningu
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