Alana.
No puedo dormir.
Cada vez que cierro los ojos, regreso a aquella casa, a la penumbra de un sótano donde una niña no pudo escapar.
Miro el reloj de la mesita de noche: 4:45 a.m.
Me levanto y busco mi bata. Dudo que haya un alma despierta a estas horas, así que ni me molesto en amarrarla; la dejo abierta sobre mi pijama, una camiseta sencilla de tirantes y un short. La tela extra solo me sirve para protegerme del frío de la soledad. Mis pies descalzos entran en contacto con el suelo y dec