Christopher.La taza explota contra el suelo, esparciendo fragmentos de porcelana que brillan como cristales rotos. No parpadeo. Observo cómo la expresión de Alana se desmorona; el desconcierto es devorado por un horror absoluto. Se lleva una mano al pecho, intentando contener unos latidos que casi puedo escuchar.Sacude la cabeza.—Esto… —su respiración se vuelve superficial—. ¿Esto es una broma?—No me gustan las bromas —sentencio, sosteniendo la caja de terciopelo entre nosotros con una calma inhumana—. Soy un hombre de negocios, Alana.Se estremece cuando su nombre escapa de mis labios, bajo y cargado de intención. Sus ojos esmeraldas, empañados por las lágrimas, buscan algún indicio de burla en mi rostro. Pero no lo hay. Me yergo un poco más, otorgándole el espacio justo para que no se asfixie, pero sin permitirle escapar.—Usted… yo… —sus manos vuelan a su cabello, deshaciendo su peinado con violencia—. Esto no puede estar pasándome.—Me temo que está pasando.Me clava u
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