Alana.Derek me mira anonadado. Sin perder tiempo, se pone en pie y, con una rapidez pasmosa, intenta encubrirme.—¡Sí, deténganse! ¡Demos un aplauso a nuestro querido Christopher! —exclama, empezando a aplaudir con fuerza.La gente comienza a seguirle el juego, lo que me enfurece aún más. Él me tira del brazo mientras masculla entre dientes: —Siéntate, Alana. Por Dios, te vas a arrepentir de esto.—¡No! —grito, zafándome de su agarre.A mi alrededor, los murmullos se disparan. «¿Quién es ella?», «¿Qué impertinencia es esta?», «Se nota que no pertenece aquí». De reojo, veo a Beatrice observándome con una sonrisa triunfal mientras saborea su champaña. En el estrado, Christopher tiene los ojos clavados en mí; su rostro es una mezcla de sorpresa, tensión y una rabia fría que me lanza una advertencia silenciosa.—¿Qué está pasando? —pregunta el director de la fundación, visiblemente disgustado—. ¿Es acaso esto una broma, señor Ashford?Christopher se recompone, pero antes de que pueda art
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