—Nuestra silla —repetí, saboreando el peso de esas dos palabras en mi lengua.Caleb me atrajo aún más hacia él sobre el estrecho colchón del hospital. Su mano, grande y cálida, se deslizó por mi espalda, trazando la curva de mi columna a través de la fina tela de mi blusa. A pesar de las vendas que aún asomaban bajo su camiseta gris y el olor a antiséptico de la habitación, la electricidad que crepitaba entre nosotros era tan potente como siempre.—Ven aquí —murmuró, tirando suavemente de mí hasta que me vi obligada a recostarme a su lado, apoyando la cabeza en el hueco de su hombro sano.—Caleb, tienes costillas fracturadas. Si te lastimo, los médicos me van a echar de aquí —le advertí, intentando mantener mi peso apoyado en mis propios codos para no aplastarlo.—Si algún médico intenta separarte de mí, compraré este puto hospital y lo despediré —respondió él, su tono bajo y cargado de esa posesividad oscura que me hacía perder el aliento—. Deja de pelear y acuéstate. Necesito sentir
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