El sonido del metal barato rozando contra los pestillos oxidados de la cerradura fue lo más parecido a un milagro que Alexandra había escuchado en años. No hubo escáneres biométricos, ni guardias de seguridad con rostros inescrutables asintiendo en silencio, ni portones de hierro forjado que se cerraban a sus espaldas como las fauces de una bestia. Solo una llave común, dentada y desgastada, girando con un chasquido torpe en la puerta de madera blanca de una casa que apenas superaba los setenta metros cuadrados.Empujó la puerta con el hombro, pues las bisagras estaban rígidas por la falta de uso. El olor a polvo acumulado, a encierro y a cera para pisos barata la recibió como un abrazo rústico.—Adelante, Damián —dijo ella, haciéndose a un lado y sosteniendo la puerta.Un niño de seis años cruzó el umbral. Damián caminaba con una rectitud que no correspondía a su edad, sosteniendo las correas de su pequeña mochila azul con ambas manos. Sus ojos, de un gris profundo y calculador, esca
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