El lunes en la municipalidad trajo el caos habitual de plazos asfixiantes, pilas de planos impresos y reuniones interminables sobre el Plan Director. Sin embargo, por primera vez en años, el ajetreo del departamento de urbanismo no era suficiente para silenciar el ruido blanco que ocupaba mi mente. Mis proyectos avanzaban con una fluidez impecable, casi mecánica; era respetada por mis colegas, eficiente en las decisiones técnicas y estaba, indiscutiblemente, en lo que muchos llamarían el auge de mi carrera profesional. Pero había una ironía cortante en ello: cuanto más construía para la ciudad, más sentía que los cimientos de mi propia vida personal temblaban bajo el peso de una negligencia planificada.Al cerrar la puerta de mi despacho al final del día, con la luz anaranjada del atardecer golpeando los ventanales, la satisfacción profesional
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