ClaraLa salida de Haroldo y Marina dejó un rastro de calor humano que flotó sobre el penthouse por unas horas, pero, en cuanto el sol comenzó a despedirse en el horizonte, la realidad de mi condición física volvió a pasar factura. El silencio de la sala, ahora sin el parloteo de Marina, parecía amplificar el sonido metálico de los equipos de fisioterapia que Alex había insistido en mantener en el piso de arriba.Intenté levantarme del sofá sola. Quería simplemente tomar un libro que estaba en la mesa de centro, a menos de dos metros de distancia. Mas, en cuanto apoyé el peso en las piernas, una puntada de dolor agudo me subió por la espalda, recordándome que, aunque pudiera caminar, mi cuerpo aún era una estructura en obras, llena de vigas temporales y puntales frágiles.Alex, que estaba en la cocina preparando un té, apareció en la sala como si tuviera un sensor instalado en mis movimientos. Dejó la taza en la barra y cruzó el espacio en segundos, envolviendo mi cintura con un brazo
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