—Abrid la puerta de este vehículo blindado aunque sea un centímetro, os juro que me voy a asfixiar —gruñí, sin apartar los ojos de las brillantes pantallas que tenía delante.
Kael, con los brazos cruzados sobre el pecho, se erguía junto a la puerta como un muro de acero y carne.
—Son órdenes estrictas del Alfa, Luna. El viento arrastra hasta aquí el polvo metálico tóxico de la entrada de la mina. Esa puerta permanecerá cerrada.
—Elara, tiene razón —intervino Clara, acurrucada en el asiento a mi