—Él no es Diego. No puede ser Diego —se susurró Elena una y otra vez.
Sus manos temblorosas intentaban vendar la herida de su dedo anular con un pañuelo gastado. Su respiración seguía agitada mientras miraba la puerta de hierro por la que Arez acababa de desaparecer. Elena presionó la espalda contra la pared de concreto, obligando a sus piernas a tidak flaquear.
—Diego está en otra ciudad. Él jamás trabajaría en un lugar como este —murmuró de nuevo, intentando convencerse a sí misma.
Contempló