—¿Qué dijiste? —La voz de Sebastian se elevó, cargada de una furia contenida mientras su mano se cerraba con más fuerza sobre el brazo de Diego. Su pecho subía y bajaba con agitación, ofendido hasta la médula por la forma tan despectiva en que aquel hombre acababa de rebajar el esfuerzo de su vida—. Te aseguro que no tienes idea de con quién te estás metiendo. Un simple guardia no debería ladrar más de la cuenta.
Diego ni siquiera parpadeó detrás de sus gafas oscuras. Su cuerpo permaneció tan f