—¿Arez, estás aquí? —preguntó Elena, con la voz un poco entrecortada por la sorpresa. Sus manos continuaban aferradas a la llave de la reja, incapaces de moverse.
Diego, manteniendo la voz sumamente grave y plana de Arez, se acomodó las gafas con un movimiento mecánico antes de responder.
—Por supuesto que estoy aquí, porque a partir de ahora soy tu vecino —dijo el hombre, sosteniendo la mirada fija en ella desde el interior del vehículo.
Elena sintió un vuelco en el estómago. La frialdad de su