—No necesito la lástima de un supervisor tan frío como usted —dijo Elena, con la voz temblorosa a pesar de su esfuerzo por sonar firme.
Arez no se inmutó. Detrás de sus gruesas gafas, su mirada permanecía fija en ella. Lentamente, bajó la mano del marco de sus lentes y deslizó ambas manos en los bolsillos de sus pantalones tácticos.
—Me alegra que seas consciente de ello —respondió Arez. Su voz sonó plana y sumamente seca, sin el menor rastro de emoción—. Vuelve al trabajo. No dejes que esas ho