Mónica sonrió con aire de triunfo al ver que Diego buscaba en su bolsillo y sacaba el teléfono móvil. A sus ojos, aquella acción no era más que el intento desesperado de un hombre acorralado. No se daba cuenta de que la pequeña luz indicadora en la pantalla del teléfono ya estaba encendida, registrando cada respiración dan cada palabra pronunciada en la habitación.
—¿Vas a llamar a Elena? —se mofó Mónica, acercándose un paso más a la cama con el vestido ya ligeramente holgado a la altura de los