El sol había bajado más en el cielo, tiñendo el retiro de un tono ámbar, cálido y suave. Katherine y Carolina caminaban juntas, con los restos de una risa floja por un chiste compartido que ya apenas recordaban.—Deberíamos ir a ver a los chicos —dijo Carolina, pasándose los dedos por el cabello—. Probablemente sigan holgazaneando por ahí.Katherine sonrió con picardía. —¿Cabaña E?—Vamos.Sus pasos crujían suavemente en el sendero de grava mientras se dirigían hacia la cabaña de los hombres. El aire de la tarde olía ligeramente a menta silvestre y a humo de leña: fresco, tranquilo, silencioso. El tipo de silencio que hace sentir que algo importante está a punto de suceder.Al llegar a la Cabaña E, divisaron a Devon un poco más adelante, batallando con la llave en su puerta.Carolina lo llamó suavemente: —¡Oye, Devon!Él se giró, sobresaltado, pero se recuperó rápidamente. —Hola —dijo, metiendo la llave en la cerradura y enderezándose.—¿Cómo estás? —preguntó ella con naturalidad, per
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