Katherine salió furiosa del campo de yoga, con su esterilla enrollada demasiado apretada y los dedos blancos por la fuerza del agarre. Su respiración no era regular. Definitivamente, su mente tampoco.
Carolina la alcanzó cerca del sendero del jardín.
—Katherine.
Katherine no disminuyó el paso.
—Kat —dijo Carolina de nuevo, con más suavidad—. Detente. Respira.
Ambas se detuvieron bajo un arco a la sombra donde la hiedra trepaba por las vigas de madera. Katherine se giró, sosteniendo aún la ester