Katherine estaba recostada en su cama, con una novela de bolsillo abierta en la mano. El sol de la tarde se filtraba sesgado a través de las ventanas de la cabaña. Todo en ese momento era paz, hasta que la puerta de la cabaña rechinó al abrirse.Carolina entró lentamente, con los hombros caídos y su habitual chispa apagada. No dijo nada; se limitó a cerrar la puerta, caminar hacia el borde de su cama, sentarse y encogerse sobre sí misma.Katherine se incorporó de inmediato, dejando caer el libro al suelo.—¿Carolina? —preguntó en voz baja, levantándose ya—. ¿Qué pasó? ¿Qué tienes? ¿Por qué traes esa cara?Carolina no respondió. Le temblaban los labios, pero las lágrimas, que ya inundaban sus ojos, comenzaron a rodar. No sollozó con fuerza; simplemente se le partió el rostro y se lo cubrió con ambas manos mientras su cuerpo temblaba.Katherine se acercó corriendo y se arrodilló frente a ella.—Oye, oye, por Dios, estás llorando, Carolina. Háblame. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Qué está pasa
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