Isabel contempló su reflejo en el altísimo espejo de su enorme vestidor. Esa noche era la subasta anual de arte benéfica de la ciudad. Era otra actuación obligatoria y muy publicitada, exigida por la junta directiva de Belmonte para proyectar estabilidad doméstica. Sin embargo, Isabel estaba absolutamente decidida a reescribir las reglas del enfrentamiento. Dos noches atrás, Santiago la había vestido con su líquida seda esmeralda y sus pesados diamantes. La había marcado físicamente como su propiedad. Esta noche, ella iba a la guerra con su propia armadura.Pasó de largo las extravagantes cajas de terciopelo negro apiladas cuidadosamente en su tocador. Ignoró por completo las nuevas prendas de diseñador que el personal de él había colocado en su armario. En cambio, buscó en el fondo de su guardarropa personal. Sacó un vestido de noche color ciruela, llamativo y severo.Era una obra maestra que ella misma había comprado años atrás, después de ganar su primer gran caso de litigio corpor
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