El destello verdoso de la pantalla era la única luz que competía con las sombras del taller abandonado en los muelles.Afuera, la brisa marina arrastraba el olor a salitre y brea, adentro, Alexander batallaba contra los espectros de su propia mente mientras el algoritmo de Onyx Holdings devoraba, las líneas de crédito secundarias de la constructora de los Miller en Nueva York.Mateo dormitaba en un rincón sobre un catre de lona, con los brazos cruzados y un ojo medio abierto, manteniendo el instinto alerta del prófugo. Alex, en cambio, no se había movido de la silla de hierro en las últimas ocho horas.Sus dedos, entumecidos se detuvieron en seco cuando una alerta de alta prioridad parpadeó en la esquina superior de su monitor.Una conexión desde Zurich, rebotada a través de tres servidores y acababa de forzar su cortafuegos privado.Alex se inclinó hacia adelante, ignorando el pinchazo agudo en sus costillas fisuradas que le cortaba la respiración.Sus ojos grises se achicaron.Presi
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