Helena salió del baño envuelta en un albornoz de seda blanca, con el cabello húmedo pegado a los hombros y el pulso todavía martilleando en sus sienes.Sus piernas se sentían como gelatina, no solo por el calor del agua, sino por el asalto sensorial que Alexander acababa de ejecutar. Al abrir la puerta de la suite, se encontró con Chase, que la esperaba con la paciencia de un guardián devoto.— Aquí tienes, Helena. Está un poco más tibio ahora, pero te ayudará a relajar los músculos — dijo Chase, extendiéndole la taza de porcelana con una sonrisa que desbordaba una honestidad casi dolorosa.— Gracias, Chase. De verdad... no tenías que molestarte… — respondió ella, forzando una voz estable mientras sentía, a través de la puerta entreabierta del baño, la mirada invisible y cargada de odio de Alex.— No es molestia. Me importa que estés bien — él dio un paso más cerca, bajando la voz — Mañana, si te sientes con fuerzas, me gustaría invitarte al invernadero. He estado trabajando en un pro
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