La oficina del abogado en el centro de Chicago olía a caoba pulida, cuero añejo y el leve olor metálico de la tinta fresca en los documentos legales. La luz del sol se filtraba a través de las persianas entrecerradas, dibujando rayas sobre la larga mesa de conferencias donde Lila Harper estaba sentada, rígida, con su sencillo vestido negro. La tela se pegaba a sus curvas bajo el frío del aire acondicionado, un contraste brutal con el húmedo calor de finales de verano que presionaba contra las ventanas.A sus veintidós años, recién graduada de Northwestern con un título en finanzas, acababa de convertirse en la única heredera de la enorme casa colonial de sus padres en el exclusivo suburbio de Winnetka, en la North Shore, de su considerable cartera de inversiones y de un fondo fiduciario que la mantendría cómoda durante décadas. La mano meticulosa y controladora de su madre se había asegurado de que todos los bienes fueran a parar a su única hija biológica.Su hermanastro, Kai, no reci
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