Los ojos de Lila se abrieron, encontrándose con su mirada intensa. En ese instante, los años de distancia y resentimiento se derritieron en algo crudo y primitivo. Ya no era solo su hermanastro: era el hombre a punto de reclamarla por completo en la casa que debería haber sido también suya.
—Suplícamelo —dijo, frotando el grueso glande arriba y abajo por su raja resbaladiza, cubriéndose con sus jugos—. Suplícale a tu hermano que te folle.
Las palabras se le atascaron en la garganta por un segun