Vivian
El camino hasta la casa de campo pareció interminable. Vivian no intercambió una sola palabra con Eduardo durante el trayecto. Sentada en el asiento del pasajero, con el cuerpo aún tenso por la forma en que había sido arrancada del bar, mantenía la mirada fija en la ventana. Las luces de la pequeña ciudad quedaron atrás, y el silencio dentro del coche era sofocante.
Eduardo conducía con la mandíbula apretada, los dedos golpeando el volante con un ritmo impaciente. Su respiración era pesa