Eduardo
El despacho de Gilbert Braga parecía un relicario del poder. Estanterías oscuras repletas de volúmenes encuadernados en cuero, muebles macizos y un discreto olor a puro impregnado en las cortinas pesadas. Eduardo estaba sentado frente a la imponente mesa de su abuelo, pero se sentía nuevamente como un niño de diez años, llamado para ser reprendido.
Gilbert se recostó en el sillón de cuero, los dedos entrelazados sobre el bastón que reposaba en su regazo. Sus ojos, aún afilados a pesar d