Treinta y siete

Eduardo

La mañana llegó pesada, como si el sol se hubiera convertido en enemigo. Eduardo despertó con la cabeza latiendo, los ojos ardientes y la boca seca. No era la primera resaca de su vida, pero aquella se sentía diferente, como si no fuera solo el alcohol lo que lo castigaba, sino también el recuerdo de algo que no lograba ordenar en su mente.

Se frotó los ojos y solo entonces se dio cuenta de dónde estaba: el cuarto de huéspedes. Las sábanas tenían un perfume delicado, floral, inconfundib
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