Los días en Jarabacoa se fueron volviendo una rutina hermosa y sencilla.Valeria se despertaba antes del amanecer, cuando el cielo todavía estaba pintado de tonos violetas y rosados. Bajaba descalza a la cocina de la cabaña principal, preparaba café fuerte y cortaba frutas frescas del huerto. Mateo siempre se levantaba poco después, con el cabello revuelto y la camisa a medio abotonar, y la besaba en la nuca mientras ella terminaba de preparar el desayuno.—Buenos días, mi vida —murmuraba él contra su piel, rodeándola con los brazos desde atrás.Valeria sonreía y se recostaba contra su pecho, disfrutando del calor de su cuerpo y del olor a jabón y a bosque que siempre lo acompañaba.Esa mañana, mientras tomaban el desayuno en el porche, Sofía (la pequeña de cuatro años) corrió hacia ellos con las manos llenas de flores silvestres.—¡Mamá! ¡Mira lo que encontré para ti!Valeria tomó las flores y las olió con una sonrisa radiante.—Son hermosas, mi amor. Gracias.Mateo Jr., de dos años,
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