En cuanto ve a Ava salir del cuarto sin mirar atrás, Hector permanece inmóvil por unos segundos, como si el mundo se hubiera detenido junto con ella. El silencio que se instala es tan pesado como el vacío en su pecho. Lentamente, se acuesta en el suelo, sin fuerzas para reaccionar, sin creer lo que acaba de suceder.Pasa las manos por el rostro, intentando contener algo con lo que nunca supo lidiar: el llanto. Pero es inútil. Las lágrimas corren, calientes, amargas, revelando un dolor que ni siquiera sabía que era capaz de sentir. Lloraba… lloraba como nunca antes. No era solo arrepentimiento, era pérdida. Era el colapso de todo lo que pensaba tener bajo control.Allí, en el frío suelo del cuarto, el hombre orgulloso, estratega y calculador estaba despojado de todas sus máscaras. Solo quedaba él, roto, pequeño ante el daño que había causado. La única mujer que amó en su vida se había ido. Y esta vez, no sabía si tendría una segunda oportunidad.—Ava… —murmura entre sollozos, como si l
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