En cuanto ve a Ava salir del cuarto sin mirar atrás, Hector permanece inmóvil por unos segundos, como si el mundo se hubiera detenido junto con ella. El silencio que se instala es tan pesado como el vacío en su pecho. Lentamente, se acuesta en el suelo, sin fuerzas para reaccionar, sin creer lo que acaba de suceder.
Pasa las manos por el rostro, intentando contener algo con lo que nunca supo lidiar: el llanto. Pero es inútil. Las lágrimas corren, calientes, amargas, revelando un dolor que ni si