Terminando de ajustar la ropa en el pasillo, Ava baja las escaleras con el corazón destrozado. Sus pasos son apresurados, pero su mirada está distante, como si cada escalón la alejara no solo de aquella casa, sino también de la última chispa de esperanza que había alimentado.
—¡Ava! —Estelle la llama, viniendo detrás.
—Espere, querida —dice Doris, con la voz angustiada.
Pero ella no responde. Pasa junto a las dos como si no las viera, como si en ese momento solo hubiera espacio para su dolor. T