Ya pasan de las cinco de la tarde cuando Ava se despierta. Se mueve en la cama, pero no tiene prisa por levantarse. Su mirada recorre la habitación de Hector, deteniéndose por un instante en la lámpara de la mesita, en los cuadros y, por último, en las sábanas aún arrugadas. Se encoge, sintiendo su olor impregnado en su piel y en la almohada.—Otra vez —murmura, soltando un suspiro resignado. —Me estoy volviendo reincidente.Sin ánimo, se desliza fuera de la cama y se coloca frente al espejo. El reflejo que ve parece lleno de dilemas, pero levanta la barbilla, como si desafiara esa versión frágil de sí misma.—No te sientas culpable —dice en voz alta, intentando convencerse.Camina hacia el baño, mientras reflexiona en silencio. Tal vez sea mejor dejar de castigarse. Después de todo, está casada. No hay pecado en acostarse con su propio marido. Y, además, no hay riesgo de embarazo, entonces… ¿Por qué debería importarle?Pero, por más que intente convertir ese pensamiento en consuelo,
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