Mundo de ficçãoIniciar sessãoÉl me mira con una mezcla de incredulidad y desdén, como si acabara de proponerle que saltara de un edificio en lugar de pedirle una disculpa. La seguridad que traía hace unos minutos parece tambalearse, pero no lo suficiente como para borrar esa sombra de arrogancia que siempre lo acompaña.
—¿Es una broma, Zamira? —pregunta, y su voz suena más baja, casi un gruñido—. No tengo tiempo para tus juegos infantiles. Mi vida se está desmoronando y la tuya también.
—No es un juego, Cristian. Es mi precio —respondo, manteniendo mi mirada fija en la suya, sin pestañear—. Si quieres que sea tu esposa, si quieres que salve tu reputación y tu herencia mientras tú salvas la mía, vas a tener que bajarte de ese pedestal. Ponte de rodillas, pídeme perdón y sé sincero por primera vez en tu maldita vida.
Veo cómo su mandíbula se tensa, cómo sus ojos azules recorren mi rostro buscando una grieta, una señal de que voy a ceder. Pero no la encuentra ni lo hara, porque ya no soy la torpe Zamira del pasado, la epoca en la que el tenia el control ya se termino.
Lentamente, él se levanta. No para arrodillarse, no aún. Se inclina sobre la mesa, acortando la distancia hasta que su rostro queda a escasos centímetros del mío. Puedo sentir su aliento, ese aroma a café y a algo peligrosamente familiar que mi cuerpo, traicionero como siempre, reconoce al instante.
En otra época, esta cercanía me habría hecho temblar. Mi corazón habría intentado salirse de mi pecho y mis manos habrían buscado desesperadamente algo a lo que aferrarse. Pero ahora, lo único que siento es una profunda incomodidad. Tenerlo así de cerca, poder ver el rastro de las pecas que cruzan su nariz y el azul intenso de sus pupilas, es como tener un espejo frente a mis peores errores.
Me recuerda demasiado a esa tarde en el club de lectura.
En mis años universitarios, el club de lectura era mi santuario, no por los libros, sino por él. Recuerdo entrar aquel día, con el sol de la tarde filtrándose por los grandes ventanales, creando motas de polvo dorado que bailaban en el aire.
Lo encontré en nuestro rincón habitual, pero estaba dormido. Su cabeza descansaba sobre un libro abierto, y por una vez, su expresión no era la de un líder carismático, sino la de alguien extrañamente vulnerable. Me quedé allí, de pie, simplemente mirándolo. En esa época, lo quería más que a nada en este mundo; mi único y absoluto sueño era que él me viera, que me perteneciera.
Analicé cada detalle de su rostro como si estuviera memorizando un mapa. Conté sus pestañas, largas y oscuras, que proyectaban sombras sobre sus mejillas. Observé la suavidad de sus labios, entreabiertos por el sueño, y seguí el rastro de sus pecas, esas pequeñas estrellas que yo solía unir mentalmente para formar constelaciones. Era mi príncipe, mi primer amor, mi todo.
De repente, sus ojos se abrieron.
Me quedé congelada, el aire atrapado en mis pulmones. El pánico me golpeó y traté de retroceder, de huir antes de que se diera cuenta de lo patética que era, pero él fue más rápido. Su mano atrapó mi brazo con una fuerza firme pero suave, y con un movimiento decidido, me haló hacia él.
Nuestras narices se rozaron. Fue un contacto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que mil fuegos artificiales explotaran en mi interior, quemándome desde adentro.
—En lugar de quedarte ahí mirándome... —susurró él, y su voz sonaba como terciopelo rozando mi piel—, deberías hacer algo más, ¿no crees?
Yo era joven, inexperta y estaba estúpidamente enamorada. Todo el campus sabía lo que sentía por él; era dolorosamente obvia persiguiéndolo por los pasillos, sentándome cerca en cada reunión, buscándole conversación por cualquier tontería. Él siempre respondía con esa sonrisa amable que me hacía sentir segura, que me daba la ilusión de que estaba avanzando, paso a paso, hacia su corazón.
Aquel día, quizás él se cansó de esperar. Nunca sabré qué pasaba realmente por su cabeza en ese momento, pero lo vi acercarse lentamente. Mis ojos se cerraron por instinto mientras todo mi cuerpo temblaba.
Sus labios tocaron los míos con una ligereza tortuosa, un roce de prueba que me dejó sin aliento. Pero entonces, el fervor lo cambió todo. Me atrajo más hacia él, envolviendo mi cintura con su brazo, y comenzó a devorar mis labios con una intensidad que no conocía. Fue un beso hambriento, profundo, que me hizo sentir que el mundo desaparecía bajo mis pies. Yo respondí con toda la inexperiencia de mis veinte años, pero con una entrega tan absoluta que daba miedo. Mi corazón latía tan fuerte que dolía, y en ese sabor a café y juventud, sentí que finalmente había alcanzado el cielo.
Fue hermoso, todo lo que habia deseado, y fue, precisamente, el punto exacto en el que caí en su trampa.
—Zamira —su voz en el presente me saca del recuerdo.
Él sigue ahí, a centímetros de mi cara, pero la calidez de aquel recuerdo se ha transformado en un hielo amargo. Lo miro y ya no veo al chico del club de lectura; veo al hombre que usó cada uno de esos sentimientos para manipularme, para hacerme creer en una fantasía mientras él tejía su propia red de intereses.
Un idiota orgulloso, cuyo orgullo tendre que romper para poder proteger el mio
—¿Y bien? —le pregunto, sin retroceder un solo milímetro—. El suelo te espera, Cristian. O puedes darte la vuelta y salir de mi vista para siempre. Tú decides qué tanto vale tu orgullo frente a tu ambición.
Hola esta es mi primera historia en esta plataforma espero estén disfrutando del romance entre Zamira y Cristian tanto como yo estoy disfrutando escribirlos, gracias por llegar hasta aquí y me encantaría leer sus comentarios de la novela, los amo ❤😊







