La casa se sentía cada vez más silenciosa tras la partida de Christian. Incluso el tictac del viejo reloj de pared resonaba como golpes en su cabeza, tic, tac, tic, tac, recordándole que el tiempo seguía su curso aunque su vida pareciera haberse detenido.Arabella caminó hacia el baño. Sus pasos eran lentos; sentía dolor en cada articulación. Pero no tenía prisa. Nadie la esperaba. Nadie la necesitaba en ese momento. Quizás, durante las próximas horas, podría ser simplemente un ser humano, no una sirvienta, ni una esposa, ni el instrumento de placer del Amo. Solo Arabella.Se detuvo ante el espejo agrietado del baño, el mismo que cada día le devolvía la imagen de una mujer que le resultaba cada vez más ajena. Un espejo que nunca mentía, que nunca juzgaba, que solo mostraba lo que tenía delante con una honestidad implacable.—Espero que los asuntos del señor Dominic no terminen mañana —susurró Arabella a su propio reflejo. Su voz sonaba áspera, ronca, como la de alguien que hace muc
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