Ella se acercó, tomó la mano de Christian y lo condujo hacia el comedor.—He estado limpiando la casa todo el día. El suelo, las ventanas, la habitación, la cocina, el baño... todo lo he dejado impecable —dijo Bella, señalando los diversos rincones de la estancia que, en efecto, lucían más ordenados que de costumbre—. De pronto, llegó un mensajero con esta comida. Al principio dudé, porque no me dijiste nada. Intenté llamarte, pero no respondiste. —Bella tiró de la silla para Christian, invitándolo a sentarse.—Pero el repartidor insistió en que era un pedido de mi esposo. Así que lo acepté. Pensé que tal vez querías darme una sorpresa —continuó ella, con la voz rebosante de felicidad—. Es muchísima comida, Christian. Debes haber gastado una fortuna. Sé que te esfuerzas mucho trabajando, pero no tenías que molestarte de esta manera.Christian guardó silencio. Permaneció de pie junto a la mesa, sin sentarse. Sus ojos enrojecidos recorrieron los platillos: la paella con azafrán autén
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