El aire gélido golpeaba su rostro, aún pálido. Llevaba el cabello revuelto, sin peinar. La camisa de cuadros rojos dan negros que vestía estaba arrugada, sin planchar. Los jeans negros, que le quedaban holgados en la cintura, eran los mismos de ayer, manchados de un aceite que no cedía ni con mil lavados. Sus botas, agrietadas en varios puntos, presionaron el pedal de la motocicleta con brusquedad.
Christian no desayunó. No bebió café. No le dirigió la palabra a Bella. Se levantó, se cambió de