No es él. No es él. No es él.El mantra que me mantiene a salvo. La cadena que me impide caer.—Brayan… —empiezo, pero no sé cómo terminar la frase.Él espera. Sin prisa. Con los brazos a los lados, las palmas abiertas, como si me estuviera diciendo no voy a atacar, solo voy a quedarme aquí, mirándote, hasta que decidas qué hacer conmigo.La tormenta ruge afuera. Dentro, el silencio se estira como una cuerda que podría romperse en cualquier momento.Y ninguno de los dos se mueve.—Dime que ese no e es el diálogo de tu próxima película porque es pésimo—suelto, y mi voz sale más firme de lo que me siento.Él parpadea. Luego sonríe. Luego suelta una carcajada baja, sincera, que nace en su pecho desnudo y se escapa por sus labios como un animal pequeño que llevaba mucho tiempo enjaulado.La tensión se rompe. No del todo —queda un hilo, una hebra pegajosa que nos conecta— pero se afloja lo suficiente para que p
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