Valentina decidió aferrarse al trabajo como si fuera un salvavidas. Pensó, con una ingenuidad que ella misma no se perdonaba, que si se mantenía ocupada, si llenaba cada minuto con tareas, rondas y pendientes, el embarazo pasaría a segundo plano. Como si ignorarlo fuera suficiente para hacerlo desaparecer. Pero el cuerpo no entendía de negaciones, y cada día se encargaba de recordarle que algo dentro de ella estaba cambiando.Al principio fueron malestares leves, fáciles de ocultar. Un mareo breve, una sensación rara en el estómago que atribuía al cansancio. Sin embargo, con el paso de los días, los síntomas se volvieron más intensos y más difíciles de disimular. Los olores, que antes apenas notaba, comenzaron a volverse insoportables. El químico con el que limpiaban los pisos la hacía sentir náuseas apenas cruzaba ciertos pasillos. El perfume de algunos médicos, ese que antes le parecía fuerte pero tolerable, ahora le provocaba arcadas inmediatas. Incluso la comida del comedor, que s
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