Valentina decidió aferrarse al trabajo como si fuera un salvavidas. Pensó, con una ingenuidad que ella misma no se perdonaba, que si se mantenía ocupada, si llenaba cada minuto con tareas, rondas y pendientes, el embarazo pasaría a segundo plano. Como si ignorarlo fuera suficiente para hacerlo desaparecer. Pero el cuerpo no entendía de negaciones, y cada día se encargaba de recordarle que algo dentro de ella estaba cambiando.
Al principio fueron malestares leves, fáciles de ocultar. Un mareo br