Valentina llevaba varios días sintiendo que algo no estaba bien. No era un dolor concreto ni un síntoma escandaloso, sino una suma de pequeñas señales que, juntas, le erizaban la piel. Un cansancio que no se iba con el descanso, náuseas suaves pero insistentes, una sensación extraña en el pecho y un retraso que ya no podía seguir justificando con el estrés del trabajo. Como enfermera, conocía su cuerpo. Y justamente por eso se negaba a ponerle nombre a lo que estaba pasando.
Prefería pensar que