Ese encuentro la dejó con un sabor amargo, difícil de ignorar. No fue el cuerpo, ni el cansancio, ni siquiera la intensidad de lo vivido lo que le provocó esa sensación extraña en el pecho, sino la claridad que llegó después. Cuando todo terminó y Greco se despidió, Agnes no sintió tristeza. Tampoco vacío. Lo que sintió fue alivio. Un alivio incómodo, de esos que no se celebran, porque vienen acompañados de una certeza que duele.Apenas la puerta se cerró tras él, Agnes permaneció unos minutos inmóvil, sentada en la orilla de la cama, dejando que el silencio la envolviera. Fue ahí cuando comenzó a analizar con frialdad lo ocurrido. No solo esa mañana, sino la cadena completa de decisiones que la habían llevado hasta ese punto. Cada paso, cada omisión, cada acuerdo roto.Recordó con nitidez los acuerdos que había hecho con Ares. No estaban escritos, no habían sido formales, pero sí claros. Se habían prometido respeto, distancia, cuidado. Y ella no los había cumplido. Fue ingenua al pen
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