Ese encuentro la dejó con un sabor amargo, difícil de ignorar. No fue el cuerpo, ni el cansancio, ni siquiera la intensidad de lo vivido lo que le provocó esa sensación extraña en el pecho, sino la claridad que llegó después. Cuando todo terminó y Greco se despidió, Agnes no sintió tristeza. Tampoco vacío. Lo que sintió fue alivio. Un alivio incómodo, de esos que no se celebran, porque vienen acompañados de una certeza que duele.
Apenas la puerta se cerró tras él, Agnes permaneció unos minutos