A las cuatro de la tarde, la casa estaba en silencio. Mateo y Emma estaban en casa de unos vecinos jugando, para que pudieran tener la conversación sin interrupciones. Lucas se sentó en el centro del sofá de la sala, nervioso, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Valeria y Diego se ubicaron a cada lado de él, como dos guardianes silenciosos.El portátil estaba sobre la mesa de centro. Diego hizo la conexión a la videollamada que el abogado de Víctor había programado.La pantalla se encendió y apareció Víctor Montenegro, vestido con camisa blanca impecable, sentado en lo que parecía un despacho elegante con estanterías llenas de libros antiguos. A su lado estaba Laura, su esposa, con una sonrisa serena pero calculada.—Buenas tardes —saludó Víctor con voz cálida—. Gracias por aceptar esta llamada. Lucas, qué bueno verte de nuevo.Lucas hizo un pequeño gesto con la cabeza, sin saber muy bien cómo actuar.—Hola…Valeria fue directa, sin rodeos.—Señor Montenegro, recibimos la c
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