La oficina de Diego Costa en la Torre Latinoamericana, con vista hacia el bullicioso Zócalo, se sentía sofocante para Esperanza. Pero como una mujer que llevaba décadas controlando los negocios de los De la Vega Montesino, sabía perfectamente cuándo ponerse la máscara más dulce.Ahora estaba sentada sobre el regazo de Diego, dejando que sus dedos acariciaran el cabello y el rostro del hombre con una suavidad seductora, como si el deseo de su juventud hubiese vuelto a encenderse.—Sigues siendo tan buena seduciendo como antes, Esperanza —susurró Diego con voz ronca de deseo. Su mano comenzó a subir lentamente, recorriendo la cintura aún esbelta de la mujer bajo su costoso vestido de diseñador.—Entonces, ¿dónde escondes todos esos archivos, Diego? Quiero saberlo… así podré ver cómo los destruyes cuando te entregue mi cuerpo —murmuró Esperanza con una dulzura que terminó de embriagarlo.Sin darse cuenta, Diego sacó una pequeña memoria USB del bolsillo interno de su saco y se la mostró.
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