El insistente sonido del teléfono despertó a Natália sobresaltada. Miró a su alrededor, aún confusa, y se dio cuenta de que se había quedado dormida.
—¿Hola? —dijo con voz ronca por el sueño.
—Señorita, disculpe molestar, pero el coche ya la espera —era la tranquila voz de un empleado del hotel.
Natália se levantó de un salto. Corrió hacia la maleta, se vistió rápidamente, se maquilló a toda prisa y se arregló la peluca frente al espejo. Ya tenía la mano en la manija cuando se dio cuenta de que