El cielo, salpicado de estrellas, parecía indiferente a la pequeña figura encogida dentro del coche parado en la carretera. Natália se apretaba la sudadera contra el cuerpo, tratando de protegerse del frío que llegaba sigilosamente, pero con insistencia.
Los grillos no callaban y el croar de las ranas provenía de los charcos ocultos por la oscuridad. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Pero pronto surgieron otros sonidos. Primero, un mugido lejano, grave y prolongado, que resonaba por el pastiza